“Tengo que ir a casa ya son las ocho y tenemos cena familiar”. Apuro el trago de la última copa del año, me despido y me dirijo al hogar. Este año lo he hecho mejor que otras veces, después de preparar los sándwiches para la fiesta con parte de la tropa, comí en casa y me eché la siesta en lugar de irme de cañas y sólo me he incorporado a los indomables a última hora. Decisión inteligente. Las juergas acumuladas pasan factura y hoy es la noche más especial de las vacaciones, menos especial cada año. Mierda, he olvidado comprar el puro, mi mala memoria me impide mantener mis propias costumbres ya que esta tarde los estancos estan cerrados. La cena sólo promete una novedad: mi abuela se tomará las uvas en Salamanca. Es la primera vez, que yo recuerde, que no lo hace en Puertollano. El resto del plantel se mantiene: mis tíos, mis padres, mi hermano y yo.
Llego a casa una hora antes del festín, me meto un rato en internet y luego lanzo los últimos mensajes de felicitación, este año todos antes de la cena, el post-siesta dió de sí. Hora de sentarse a la mesa: jamón, lomo, queso, tostas de anchoas con tomate, salmón, marisco y el perenne cordero. Paso del postre y voy a echarme un rato, me levanto justo para comentar con la familia el modelo que lleva la Igartiburu y a por las uvas. Después, mi copa de champan brinda contra las sidras de mis familiares, felicitaciones y besos de rigor. Cubierto el expediente, toca ducha y afeitado. Creo que finalmente me pondré el traje, nos esforzaremos por seguir dando un toque de distinción a esta noche sobre todas las demás. Paris prefiere la opción informal y me comunica que se pira a la fiesta mientras estoy en la ducha. Este año no nos toca cambiarnos con el disco de Tom Jones de fondo. Otro punto menos para esta Nochevieja. Al salir de la ducha mis tíos se han pirado y mis padres se han repartido los sofás. Acicalado y con el nudo de la corbata ejecutado a la segunda, recibo los piropos maternales, los gruñidos paternales y dos últimos consejos: “No te pases y tira el vidrio”.
Pongo el pie en la calle en busca de la sensación que me engancha de esta noche, la incertidumbre que precede a la fiesta, el hormigueo feliz que me recorre antes de encontrarme con los amigos y felicitarnos el año. Da igual que los haya visto por la tarde, siempre se cumple. ¿Siempre? Mmmm, no acude. Cumplo con el reciclaje y me dirijo hacia el Manchego. Por el camino disfruto viendo los modelitos que las puertollaneras lucen por la calle y lucirán con orgullo en los cotillones o en los bares. Me cruzo con tres colegas: “Ahora te vemos, que tenemos unos asuntillos”. La felicitación esperará al garito, un asunto lo llevan entre las manos, tiene mecha y hace ruido. Intuyo que algún otro asunto habrá, si tiene faldas o no, me quedaré sin saberlo.
Llego al local. La peña ya está con sus copas en la mano y hasta han comprado cotillones, pensé que nadie se acordaría. Estaremos en torno a cincuenta por el momento, se esperan más de ciento diez. Comienzo a felicitar a los conocidos, la gran mayoría. Me desprendo del abrigo, me acerco a donde están las botellas. Conversaciones con la gente que llevo más tiempo sin ver. “Hombre, no te había reconocido” Pregunta tipo: “¿Qué tal todo? ¿Sigues currando en Madrid?”. Respuesta tipo: “Pues sí, como siempre, viajando mucho y esas cosas.” Algún conocido sorpresa en la fiesta: “Sr. Camacho que gusto me da verlo, ya le he dicho a su hermano que hay que echarse una pocha en Ciudad Real”. Benditos tiempos de resi. A la alta chica que se encuentra su lado, y de la que él no se separa en ningún momento, la conozco de algo. Vale, es la excuñada del hermano de un colega y hermana a su vez de un antiguo compañero de instituto. O sea que el pochero viene a la fiesta por parte de novia. Indagaré más tarde. Toca el turno de que me presenten algún novio nuevo por estos lares: “Mira Héctor, éste es mi novio” “Hombre que tal, ya me habían dicho que venías, bienvenido y disfruta”. Bueno mucho trabajo social y aún no tengo un vaso en la mano. Me tomaré para empezar una Fanta: primero matar la sed, después consumir.
Convenientemente armado comienza la aventura, me adentro en la marea de gente, sigo apretando manos y dando besos, a veces asiendo por el hombro a veces por la cintura. Alguna frase hecha y alguna risa mientras observo los movimientos de la noche. La interrelación es siempre relativa en estas fiestas. No hablamos de ciento diez individuos. Hablamos de siete u ocho grupos que comparten algún conocido o familiar en común, y su grupo tiene a su vez sus subconjuntos. Las particiones son dinámicas, los componentes van saltando de un corrillo a otro, pero los roles suelen ser parecidos. Las parejas se mezclan en sus conversaciones a pares, los etiquetados solteros estudian el terreno y clasifican a las etiquetadas solteras de la fiesta y los novios desemparejados observan las jugadas apoyados en la barra y aportando opinión e información.
Me encuentro con otra desterrada solitaria que ya ha superado el trámite conversacional. “¿Qué tal con éstas?, te veo un poco apartada.” “Bien, pero ya sabes, mucho jiji mucho jaja y te das la vuelta y sientes que ya están hablando de ti. Además llevo el mismo vestido del año pasado y eso seguro que no se les escapa”. No sé si es manía persecutoria pero conociendo el grupo me lo creo. Las arpías tienen más poder cuanto más pequeña es la localidad y más hermético es el grupo. “Dí que es envidia, que te queda de puta madre”. Cambio de flor, me engancho un ratillo con el par de nostálgicos Rodríguez de la barra: “Parecéis la pareja de porteros de la tira de la Sexta”. El protagonista de la quinta boda que me toca el año que viene se ríe y me suelta una de sus guasas tranquilas: “Has estado hasta simpático, fíjate tú”. Rodríguez nº2, el más familiar de todos: “Estamos echando cuentas de la peña que se ha enrollado con alguien en las fiestas y tenemos un claro plusmarquista”.
El alcohol va ejerciendo su labor. Los empalagosos enlaces atómicos que unen a las parejas se dividen por la influencia de una fuerza básica de mayor magnitud: el pachangueo. Se nota que Raquel está pinchando, en Nochebuena fue la única que puso algo para bailar. Las chicas, novias o no, invaden la “pista”, o el único sitio del bar donde se oye la música. Los novios estáticos, desinhibidos y liberados de la supervisión de sus medias naranjas aprovechan la ocasión para participar en conversaciones inapropiadas o subiditas de tono con los espectadores desde la barrera, y con los solteros/as en resonancia que pululan por ahí. Las carcajadas muestran que las solteras entran al trapo, en el caso de los tíos se da por sentado. Me llegan ondas del tema de conversación: punto G. Poco innovador, pero siempre eficaz.
Los bailongos aprovechamos la ocasión para danzar con las novias de los estáticos, con un doble propósito: poner celosos a los novios y poder bailar con una tía sin entrar en las apuestas de la noche. La rubia mona se cruza conmigo y rememora nochebuena cantando Raphael: “¿Que pasará que misterio habrá puede ser mi gran noche?” ¡Que cojones andará haciendo Leti a estas horas!, no ha contestado al mensaje de felicitación. De reojo veo a la compañera de curro de la prima de mi vecina flanqueada por el plusmarquista y el amigo de las niñas. Cuando el plusmarquista se larga me acerco a saludar por enésima vez al amigo de las niñas. “No mides, mira que te lo digo veces, si es que no mides”. Creo que aún le faltaba por mear encima de alguna de las solteras. Demasiada dispersión, el fantasma del “arroz pegao” asomaba por su hombro, bueno siempre le quedará la excusa de que le interrumpían. Si es que no mido.
Cambio de pincha, rock duro. Primer síntoma del declive de la fiesta, miro a mi alrededor, la mitad de la peña ya se ha marchado, deben ser más de las cinco. Confirmo la hora en el móvil que me ofrece el sms de felicitación más tardío hasta el momento: 40 sms en la bandeja de entrada, no está mal. Lo cual viene a decir que yo habré enviado más o menos los mismos. Chica factura me espera. Mierda de móvil nuevo.
Los corros se rehacen, me meto en un corro mixto. “¿Y de verdad no tienes novio? Pues no lo entiendo.” Vale, ya sé lo que toca, es el momento en que los etiquetados solteros se convierten en dados con los que juegan las parejas celestinas. Yo creo que si alguien se quiere ir con alguien se las ingenia para hacer menos ruido y no prestarse a estos juegos, pero estos chicos deben de aburrirse mucho y este año no se ve mucha carnaza. Recibo una mirada de comprensión de la candidata, me río por dentro, nos dejamos hacer un rato y me escapo con ella por la salida más cercana. Como sé que el grupo fuerte aguantará más en el Manchego, aprovecho la huída para pasar por Las botellitas a olfatear como está el ambiente. Me encuentro a otro compañero de residencia, nos felicitamos el año: “Creo que esto lo cierran a las siete”. Son casi las seis, no merece la pena volver a este garito, vuelvo a la fiesta, si queremos seguir de marcha tendremos que cruzar el paseo.
A mi regreso mi hermano ya se ha pirado a casa, el local está muy despoblado. Es el momento de marcharse del garito, el celestino de antes me engancha por banda, “La verdad es que es una lástima que X no tenga novio”. “No lo entiendo, mira que es bien guapa y maja” añade su esposa. Esta vez meto baza:”No entiendo porque tiene que ser una lástima, lo mismo la chica no quiere tener novio y está contenta así”. Confirmado, hay que pirarse antes de que empiecen a preguntar que si me he echado novia o no y acuda de nuevo al repertorio de respuestas ambiguas y mentiras a medias. Me engancho al plusmarquista y al amigo de las niñas. No hay que ser muy listo para saber donde van y son los que prometen alargar la noche. Dejamos a las parejas rezagadas en el local.
Llegamos al Queen, el par saca sus vasos de plástico escondidos en las chaquetas, yo pido la última copa que sirven, la misma canción de Rosana suena dos veces y se nos incorporan los que han salido de currar a las seis. Anticipo que éste será mi penúltimo combinado de la noche. Se recibe comunicación, los rezagados se incorporan: parejas recientes en las que la llama del amor no ha tenido tiempo de consumir sus ganas de fiesta y otras mas clásicas en las que las llamas de la juerga arden, extinguidas ya las de la pasión, al menos por hoy, no voy a crucificarles. Unión de grupo y cambio de garito: mala elección La suite.
El chunda-chunda atruena nuestros oídos. No me equivocaba, en la barra pido mi último Tanqueray-Limón a ver si hay suerte. Al final tiene que ser Beefeater. Me encuentro con la ex de un amigo de infancia enfundada en un vestido azul, le digo algo y no me entiende. Sonríe espléndida y alza la muñeca para mostrarme la pulsera del Pasarela. “Es verdad, que han montado una carpa en el recinto ferial donde iban dos mil personas ¿no?”. “Sí, una mierda como un piano”. Tanto alarde para esto. Retorno al grupo dejo la copa a la mitad, recojo el abrigo y la bufanda y comienzo a despedirme. “No mides, si es que no mides”. No podía faltar el lema para decir adios. El móvil marca las nueve menos cuarto. La mitad de la peña va cocida y prometen aguantar hasta las doce para comerse lo que toque a esa hora. Me refiero a churros, tapas, hamburguesas o lo que sea.
Salgo a la calle y ya ha amanecido. Mi yo noctámbulo disfruta del momento. Bueno, vámonos a acostar, que no se me olvide despertar a Paris para felicitarle el año cuando llegue, el día que traiga a su novia a pasar la nochevieja se me jode la tradición.
¿Elegimos banda sonora para silbar de vuelta? Venga, Lionel Neykov, que esta vez tampoco nos ha tocado. Hasta el año que viene...o no.
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Hace 10 años







