viernes, 2 de enero de 2009

Nochevieja en Puertoplane

“Tengo que ir a casa ya son las ocho y tenemos cena familiar”. Apuro el trago de la última copa del año, me despido y me dirijo al hogar. Este año lo he hecho mejor que otras veces, después de preparar los sándwiches para la fiesta con parte de la tropa, comí en casa y me eché la siesta en lugar de irme de cañas y sólo me he incorporado a los indomables a última hora. Decisión inteligente. Las juergas acumuladas pasan factura y hoy es la noche más especial de las vacaciones, menos especial cada año. Mierda, he olvidado comprar el puro, mi mala memoria me impide mantener mis propias costumbres ya que esta tarde los estancos estan cerrados. La cena sólo promete una novedad: mi abuela se tomará las uvas en Salamanca. Es la primera vez, que yo recuerde, que no lo hace en Puertollano. El resto del plantel se mantiene: mis tíos, mis padres, mi hermano y yo.

Llego a casa una hora antes del festín, me meto un rato en internet y luego lanzo los últimos mensajes de felicitación, este año todos antes de la cena, el post-siesta dió de sí. Hora de sentarse a la mesa: jamón, lomo, queso, tostas de anchoas con tomate, salmón, marisco y el perenne cordero. Paso del postre y voy a echarme un rato, me levanto justo para comentar con la familia el modelo que lleva la Igartiburu y a por las uvas. Después, mi copa de champan brinda contra las sidras de mis familiares, felicitaciones y besos de rigor. Cubierto el expediente, toca ducha y afeitado. Creo que finalmente me pondré el traje, nos esforzaremos por seguir dando un toque de distinción a esta noche sobre todas las demás. Paris prefiere la opción informal y me comunica que se pira a la fiesta mientras estoy en la ducha. Este año no nos toca cambiarnos con el disco de Tom Jones de fondo. Otro punto menos para esta Nochevieja. Al salir de la ducha mis tíos se han pirado y mis padres se han repartido los sofás. Acicalado y con el nudo de la corbata ejecutado a la segunda, recibo los piropos maternales, los gruñidos paternales y dos últimos consejos: “No te pases y tira el vidrio”.

Pongo el pie en la calle en busca de la sensación que me engancha de esta noche, la incertidumbre que precede a la fiesta, el hormigueo feliz que me recorre antes de encontrarme con los amigos y felicitarnos el año. Da igual que los haya visto por la tarde, siempre se cumple. ¿Siempre? Mmmm, no acude. Cumplo con el reciclaje y me dirijo hacia el Manchego. Por el camino disfruto viendo los modelitos que las puertollaneras lucen por la calle y lucirán con orgullo en los cotillones o en los bares. Me cruzo con tres colegas: “Ahora te vemos, que tenemos unos asuntillos”. La felicitación esperará al garito, un asunto lo llevan entre las manos, tiene mecha y hace ruido. Intuyo que algún otro asunto habrá, si tiene faldas o no, me quedaré sin saberlo.

Llego al local. La peña ya está con sus copas en la mano y hasta han comprado cotillones, pensé que nadie se acordaría. Estaremos en torno a cincuenta por el momento, se esperan más de ciento diez. Comienzo a felicitar a los conocidos, la gran mayoría. Me desprendo del abrigo, me acerco a donde están las botellas. Conversaciones con la gente que llevo más tiempo sin ver. “Hombre, no te había reconocido” Pregunta tipo: “¿Qué tal todo? ¿Sigues currando en Madrid?”. Respuesta tipo: “Pues sí, como siempre, viajando mucho y esas cosas.” Algún conocido sorpresa en la fiesta: “Sr. Camacho que gusto me da verlo, ya le he dicho a su hermano que hay que echarse una pocha en Ciudad Real”. Benditos tiempos de resi. A la alta chica que se encuentra su lado, y de la que él no se separa en ningún momento, la conozco de algo. Vale, es la excuñada del hermano de un colega y hermana a su vez de un antiguo compañero de instituto. O sea que el pochero viene a la fiesta por parte de novia. Indagaré más tarde. Toca el turno de que me presenten algún novio nuevo por estos lares: “Mira Héctor, éste es mi novio” “Hombre que tal, ya me habían dicho que venías, bienvenido y disfruta”. Bueno mucho trabajo social y aún no tengo un vaso en la mano. Me tomaré para empezar una Fanta: primero matar la sed, después consumir.

Convenientemente armado comienza la aventura, me adentro en la marea de gente, sigo apretando manos y dando besos, a veces asiendo por el hombro a veces por la cintura. Alguna frase hecha y alguna risa mientras observo los movimientos de la noche. La interrelación es siempre relativa en estas fiestas. No hablamos de ciento diez individuos. Hablamos de siete u ocho grupos que comparten algún conocido o familiar en común, y su grupo tiene a su vez sus subconjuntos. Las particiones son dinámicas, los componentes van saltando de un corrillo a otro, pero los roles suelen ser parecidos. Las parejas se mezclan en sus conversaciones a pares, los etiquetados solteros estudian el terreno y clasifican a las etiquetadas solteras de la fiesta y los novios desemparejados observan las jugadas apoyados en la barra y aportando opinión e información.

Me encuentro con otra desterrada solitaria que ya ha superado el trámite conversacional. “¿Qué tal con éstas?, te veo un poco apartada.” “Bien, pero ya sabes, mucho jiji mucho jaja y te das la vuelta y sientes que ya están hablando de ti. Además llevo el mismo vestido del año pasado y eso seguro que no se les escapa”. No sé si es manía persecutoria pero conociendo el grupo me lo creo. Las arpías tienen más poder cuanto más pequeña es la localidad y más hermético es el grupo. “Dí que es envidia, que te queda de puta madre”. Cambio de flor, me engancho un ratillo con el par de nostálgicos Rodríguez de la barra: “Parecéis la pareja de porteros de la tira de la Sexta”. El protagonista de la quinta boda que me toca el año que viene se ríe y me suelta una de sus guasas tranquilas: “Has estado hasta simpático, fíjate tú”. Rodríguez nº2, el más familiar de todos: “Estamos echando cuentas de la peña que se ha enrollado con alguien en las fiestas y tenemos un claro plusmarquista”.

El alcohol va ejerciendo su labor. Los empalagosos enlaces atómicos que unen a las parejas se dividen por la influencia de una fuerza básica de mayor magnitud: el pachangueo. Se nota que Raquel está pinchando, en Nochebuena fue la única que puso algo para bailar. Las chicas, novias o no, invaden la “pista”, o el único sitio del bar donde se oye la música. Los novios estáticos, desinhibidos y liberados de la supervisión de sus medias naranjas aprovechan la ocasión para participar en conversaciones inapropiadas o subiditas de tono con los espectadores desde la barrera, y con los solteros/as en resonancia que pululan por ahí. Las carcajadas muestran que las solteras entran al trapo, en el caso de los tíos se da por sentado. Me llegan ondas del tema de conversación: punto G. Poco innovador, pero siempre eficaz.

Los bailongos aprovechamos la ocasión para danzar con las novias de los estáticos, con un doble propósito: poner celosos a los novios y poder bailar con una tía sin entrar en las apuestas de la noche. La rubia mona se cruza conmigo y rememora nochebuena cantando Raphael: “¿Que pasará que misterio habrá puede ser mi gran noche?” ¡Que cojones andará haciendo Leti a estas horas!, no ha contestado al mensaje de felicitación. De reojo veo a la compañera de curro de la prima de mi vecina flanqueada por el plusmarquista y el amigo de las niñas. Cuando el plusmarquista se larga me acerco a saludar por enésima vez al amigo de las niñas. “No mides, mira que te lo digo veces, si es que no mides”. Creo que aún le faltaba por mear encima de alguna de las solteras. Demasiada dispersión, el fantasma del “arroz pegao” asomaba por su hombro, bueno siempre le quedará la excusa de que le interrumpían. Si es que no mido.

Cambio de pincha, rock duro. Primer síntoma del declive de la fiesta, miro a mi alrededor, la mitad de la peña ya se ha marchado, deben ser más de las cinco. Confirmo la hora en el móvil que me ofrece el sms de felicitación más tardío hasta el momento: 40 sms en la bandeja de entrada, no está mal. Lo cual viene a decir que yo habré enviado más o menos los mismos. Chica factura me espera. Mierda de móvil nuevo.

Los corros se rehacen, me meto en un corro mixto. “¿Y de verdad no tienes novio? Pues no lo entiendo.” Vale, ya sé lo que toca, es el momento en que los etiquetados solteros se convierten en dados con los que juegan las parejas celestinas. Yo creo que si alguien se quiere ir con alguien se las ingenia para hacer menos ruido y no prestarse a estos juegos, pero estos chicos deben de aburrirse mucho y este año no se ve mucha carnaza. Recibo una mirada de comprensión de la candidata, me río por dentro, nos dejamos hacer un rato y me escapo con ella por la salida más cercana. Como sé que el grupo fuerte aguantará más en el Manchego, aprovecho la huída para pasar por Las botellitas a olfatear como está el ambiente. Me encuentro a otro compañero de residencia, nos felicitamos el año: “Creo que esto lo cierran a las siete”. Son casi las seis, no merece la pena volver a este garito, vuelvo a la fiesta, si queremos seguir de marcha tendremos que cruzar el paseo.

A mi regreso mi hermano ya se ha pirado a casa, el local está muy despoblado. Es el momento de marcharse del garito, el celestino de antes me engancha por banda, “La verdad es que es una lástima que X no tenga novio”. “No lo entiendo, mira que es bien guapa y maja” añade su esposa. Esta vez meto baza:”No entiendo porque tiene que ser una lástima, lo mismo la chica no quiere tener novio y está contenta así”. Confirmado, hay que pirarse antes de que empiecen a preguntar que si me he echado novia o no y acuda de nuevo al repertorio de respuestas ambiguas y mentiras a medias. Me engancho al plusmarquista y al amigo de las niñas. No hay que ser muy listo para saber donde van y son los que prometen alargar la noche. Dejamos a las parejas rezagadas en el local.

Llegamos al Queen, el par saca sus vasos de plástico escondidos en las chaquetas, yo pido la última copa que sirven, la misma canción de Rosana suena dos veces y se nos incorporan los que han salido de currar a las seis. Anticipo que éste será mi penúltimo combinado de la noche. Se recibe comunicación, los rezagados se incorporan: parejas recientes en las que la llama del amor no ha tenido tiempo de consumir sus ganas de fiesta y otras mas clásicas en las que las llamas de la juerga arden, extinguidas ya las de la pasión, al menos por hoy, no voy a crucificarles. Unión de grupo y cambio de garito: mala elección La suite.

El chunda-chunda atruena nuestros oídos. No me equivocaba, en la barra pido mi último Tanqueray-Limón a ver si hay suerte. Al final tiene que ser Beefeater. Me encuentro con la ex de un amigo de infancia enfundada en un vestido azul, le digo algo y no me entiende. Sonríe espléndida y alza la muñeca para mostrarme la pulsera del Pasarela. “Es verdad, que han montado una carpa en el recinto ferial donde iban dos mil personas ¿no?”. “Sí, una mierda como un piano”. Tanto alarde para esto. Retorno al grupo dejo la copa a la mitad, recojo el abrigo y la bufanda y comienzo a despedirme. “No mides, si es que no mides”. No podía faltar el lema para decir adios. El móvil marca las nueve menos cuarto. La mitad de la peña va cocida y prometen aguantar hasta las doce para comerse lo que toque a esa hora. Me refiero a churros, tapas, hamburguesas o lo que sea.

Salgo a la calle y ya ha amanecido. Mi yo noctámbulo disfruta del momento. Bueno, vámonos a acostar, que no se me olvide despertar a Paris para felicitarle el año cuando llegue, el día que traiga a su novia a pasar la nochevieja se me jode la tradición.

¿Elegimos banda sonora para silbar de vuelta? Venga, Lionel Neykov, que esta vez tampoco nos ha tocado. Hasta el año que viene...o no.

sábado, 13 de diciembre de 2008

Los cambios

¡Como nos gusta la tranquilidad, el inmovilismo, la rutina! Nos quejamos infinitamente del aburrimiento que nos produce lo cotidiano cuando realmente lo que buscamos es esa dosis de control que nos haga la vida más sencilla.

No es de extrañar, por lo tanto, que suframos a menudo los cambios de un modo traumático ya que, de forma inconsciente, tendemos a establecer un orden del que no se puede salir, algo así como un carril que nos conduce por un camino determinado, sintiendo cualquier cambio de vías como un auténtico peligro. Y será cierto que el tren de vida puede ser el medio de locomoción más seguro, pero también es el que más límites nos marca.

El caso es que un día, nos damos cuenta de que nuestro vagón blindado de oro no deja de ser una jaula, y que aunque deja pasar el aire (no he dicho que fuera hermético), éste se encuentra cada día más viciado. Así que, piiiiii, paren el mundo que yo me bajo o al menos que deje de girar respecto a mi ombligo (joder que cosa más difícil) y a ponerse a arreglar el traje viejo a machetazos. Y esto acojona, lo ideal, lo que era como tenía que ser y punto, se vuelve humano y tangible y nos abruma la responsabilidad de ordenarlo. Esto arriba, esto abajo, esto dentro y esto lo tiro, o no, venga sí, venga no,…hay que ver lo que cuesta.

Pero sin duda, lo que más miedo nos da, es que el proceso es extensible a uno mismo, y te vuelves tan material como el mundo y, en consecuencia, tan manipulable como todo lo demás, arriesgándonos a que, expuestas nuestras miserias a través de las costuras, nos amontonen en el montón de los mediocres.

Así que, aquí andamos, descarrilados sin rumbo fijo, hastiados de que la atracción de lo imposible nos agite las vísceras y de que la realidad ponga en marcha los mecanismos de la razón por medio de golpes a modo de televisor estropeado. Deseosos de que lo impensable nos esculpa una nueva esperanza a base de manosearnos, ahora que somos de nuevo carne y hueso, y vulnerables a que lo desconocido nos despida por la mañana en el portal con un beso en los labios para que a continuación nos cierre la puerta con llave. Y quien sabe si llamar de nuevo o simplemente pasar un mensaje por debajo de la puerta cuando se tiene la sensación de que al otro lado las lágrimas mojan la cerradura.

viernes, 14 de noviembre de 2008

El traje de Eva

¡Que engañados nos tenían los japoneses! Toda la vida pensando que entre los Alpes correteaban enanitas morenas de mofletes rosados cantando “Abuelito dime tú” y cuando encargamos una suiza, nos plantan en la puerta una amazona rubia de más de 1’80. Bueno, y de mofletes rosados.

Cuando la sacamos de la caja y nos pidió un “csigarro” con su “r” teutona, a punto estuvimos de mandarla a Mallorca, pero afortunadamente alguien le echó un vistazo a las instrucciones: Eva Suiza 100% Cantón alemán. Por si acaso hicimos la prueba: “Eva, tú que prefieres ¿Cola Cao o Nesquik?”. “Me da igual”. Vale, esa neutralidad absoluta es auténtica.

Aún marcados por el estereotipo intentamos nutrir a la chica en base a nuestro escaso conocimiento de la gastronomía suiza: chocolate y fondues, y harta de semejante catetada, se fugó en busca de sustento, una noche de fiesta. Vagó por las calles para acabar haciendo cola en un sitio creyendo que repartían comida y allí una simpática marsellesa, le explicó que el Palacio de Gaviria no era un restaurante y la invitó a vivir en una torre llena de princesas con la excusa de que una de ellas hacía una tortilla de patatas de puta madre. Y allí que se fue, a perfeccionar su español entre francesas, inglesas, búlgaras, alemanas, etc, haciéndose fuerte en su habitación y viendo como se iban y entraban distintos alumnos y alumnas en la academia de Babel.

Su hueco en el edificio lo mantenía gracias en última instancia a Mozart y en primera a la discográfica que le pagaba el sueldo. El presupuesto le permitía construirse disfraces de Campanilla XXL, pero para peluquería andaba algo justita, así que de oxigenarse el pelo hasta la hiperventilación se encargó ella por su cuenta.

Cuando, tras muchas vivencias y fiestas, consideró razonablemente perfeccionado el idioma, decidió cambiar de aires y se largó a las antípodas a chapurrear inglés y a ponerse más roja que morena. A su retorno, el mundo del trabajo decidió llamarla desde su tierra y ella aceptó las reglas de la vida adulta, preparó su caja y se facturó de nuevo a Suiza, no sin echar antes alguna que otra lágrima.

Allí, esta “tarada”, explicará en alemán, en inglés, en argentino y en lo que se tercie, como disfrutó de las copas, las risas y las fabadas. Y de cómo los nietos de Alfredo Landa preferíamos las suizas a las suecas, nos maravillábamos viéndola agitar el látigo en el metro y jugábamos a quitarle el hipo rendidos a sus “Drei und vierzig”.

Allí, si el destino lo permite, espero poder echarme una foto más de tantas, besando su mejilla.

Hasta pronto.

lunes, 20 de octubre de 2008

La saga del Ford Orion (I): Only you

¡Que gran invento era el cassette! Ese objeto plástico (o de Fe-Cr como cantaba Kiko Veneno) que nos servía para copiar hasta el infinito algún remoto original que poseía el familiar con pasta del amigo de un vecino de un colega. Entre el ruido y la estática tratabamos de adivinar las letras de las canciones, que si encima eran en otro idioma, desarrollaban nuestra creatividad fonética hasta límites insospechados (el famoso inglés “inventao” del que hablaban los Chanclas).

Pero indudablemente el más difícil todavía era escuchar una cinta en el radiocassette del coche. Siempre preocupados por no poner una original no fuera a ser que enganchara. Siempre un boli BIC para rebobinar la cinta y no cargarte el radiocassette. O el inolvidable sonido de la radio que inundaba el habitáculo de pasajeros (deformación profesional) cuando la cinta llegaba a su final.

Cuando lo "heredé", el Ford Orion 1.6i Ghia de mi progenitor tenía unos hambrientos faldones-spoilers que sin masticar se tragaban los bordillos al aparcar. Una manivela a modo de organillo para abrir el techo solar. Un volante de competición con bocina en el centro instalada por el gentil propietario que dejó olvidado en su interior una TDK de 60’ con No me pises que llevo chanclas por la cara A y El Norte por la cara B. Un asiento trasero con menos historias que contar que él del coche de la dispuesta amiga de Quique González. Un palo de fregona para sujetar el maletero que se caía y un radiocassette sensiblón que cada vez que sentía un bache, escondía el sonido de uno de sus altavoces, siendo preciso invitarle a dejar de lado su timidez con un pequeño empujoncito.

Muchas fueron las sufridas cintas que experimentaban la intermitente mutilación de la música y de todas ellas hay una víctima que recuerdo con cariño sin ningún motivo especial: el Only You de The Platters. Una canción que se aleja del objetivo original de esta evocación y que sin embargo, va a permitir que el post de hoy se convierta en la introducción de una breve saga con un transporte sin dirección asistida como nexo de unión, sólo él me podía servir.



P.D.: Lo lamento él de la foto es un sucedáneo, otra copia como los cassettes.

domingo, 5 de octubre de 2008

Las tías de Edipo

“Ella está esto (imaginaos el gesto que hacemos con los dedos para simbolizar un poquito) por encima de mí”. Así situaba el pasado Viernes un hombre a la mujer que afirma amar respondiendo a una pregunta que yo le había hecho. Desde el otro lado de la mesa, el mecanismo de mi cabecita, agitado por la metafísica influencia de la copa que degustaba, recondujo la frase hasta asociarla con una idea de la que quería escribir hace ya algunos días y no encontraba cómo.

La sensación de que tu “pareja” (concededle toda la extensión posible al término) se encuentra (o creemos que se encuentra) en un nivel superior con respecto a uno mismo, me resulta familiar en los tratos de dos que he conocido. Es difícil valorar en estas situaciones, tanto para los espectadores como para los actores, si se trata de un dato objetivo, de un espejismo de enamoradizos (“…es una diosa”), o de un reflejo de cierto complejo de inferioridad (“…no me la merezco”), pero es norma habitual en el endémico teatrillo “Simpleza masculina Vs. Complejidad femenina” y viceversa.

Nunca he tenido reparo en reconocer que mi viaje emocional esconde en su interior una búsqueda de conocimiento, natural o condicionada, un aprendizaje sentimental que lleva aparejado un ocasional reparto de roles: debe haber una figura a un nivel superior que enseñe al aprendiz. Y cómo todo ya está escrito y de todo se ha cantado, la palabra búsqueda me invita a recuperar la figura magistral de una canción de Pedro Guerra: “…Peter Pan buscaba a su madre en las mil mujeres del aire…”.

Vaya por Dios, resulta que los chicos que no queremos crecer buscamos madres, con sus abrazos reconfortantes, sus broncas, sus atenciones y sus enseñanzas. Pero claro, el mundo no gira alrededor de nuestro ombligo y cuando echamos un vistazo, nos damos cuenta de que nuestro universo está frecuentado por un importante número de chicas que se han rebelado contra este papel. Treintañeras por exceso o por defecto en cuyos planes no entra el andar limpiando mocos y neuras de las cabezas de unos micos y que se ríen en la cara del famoso “reloj biológico” (y del que los nombra) con un argumento sencillo: son tías. Y la verdad es que molan más que las madres.

Las tías son más independientes, no están encima de ti todo el día, no te echan broncas, te traen regalos y te enseñan cosas guays que sólo ellas saben. Tienes con ellas secretos que no les puedes contar a nadie y algo que no podemos pasar por alto: madre no hay más que una pero tías puedes tener varias.

Así que, tened claro que los Edipos que hoy corretean por los parques, no están locamente enamorados de sus madres. No sienten envidia de sus padres ni culpa por odiarlos. Ellos están maquinando en la arena planes para deshacerse del detestable acompañante de sus tías y así poder disfrutar de sus favores. Y mañana se juntarán con sus amiguitos en el recreo y les contaran cuán fabulosas son sus tías, y cómo tienen que dar pedales para llegar al pedestal, como estrujan el coco para ser más inteligentes y listos y dignos de ellas. Para que luego, desde el otro lado de la mesa, el mismo reconocido monógamo que inauguraba esta reflexión, te diga, con una caña en la mano, en otro momento de su vida en un mal buen día:”(Las mujeres) No dan para tanto”. ¡Lo que hay que oír!

Si Freud levantara la cabeza…

miércoles, 1 de octubre de 2008

Roadhouse Blues

Existe un bar revestido de madera en Ciudad Real donde me obligo a parar cada vez que paso por allí. En él, he clavado un dardo en el centro de la diana salvando la cabeza de algún amigo. En él, una morena de ojos verdes me quemó con un cigarro mientras discutía sobre el daño que OT2 hacía al mundo. En él, me he deshecho en elogios en el oído de cierta chica y el amigo que había al lado luego me ha hecho burla. En él, me quedé sin respiración frente al Rinoceronte Blanco una noche de estudio que quedé a las cuatro de la mañana para tomar una copa. En él, me encontraba, vaso en mano, la madrugada que precedía a mi examen práctico del carnet de conducir. Cada vez que llegaba a él, una camarera no hacía más que preguntarme por el amigo de antes. En él, sólo he escuchado tres canciones en español en todo este tiempo, y una, era de los Bluefreins.

El Cycelly se convirtió en parada habitual en los últimos años de la Universidad (bueno, mis últimos años fueron unos cuantos) y desde entonces no soy capaz de abandonar su influjo, de hecho ni siquiera lo intento. Siempre que vuelvo a Royal City, me siento en la obligación de comprobar si el destino ha querido que aún no lo hayan vendido y si las estrictas normas del lugar se siguen manteniendo: los porros se fuman en la calle, regla que la plantilla y la clientela del local cumplen estrictamente. Y por supuesto, para cumplir mi propia regla: pedir al pincha de turno que ponga una de los Doors.

Mi atracción por The Doors creo que viene por parte del primer puertollanero que se me casó (aún tengo por ahí grabado en cinta el L.A. Woman y uno de los tantos recopilatorios que han sacado de estos chicos) y se hizo inmensa en el Eroski de al lado de mi casa en CR, donde poco a poco me acabé comprando todos los CD’s. No sé que tienen estos tipos, quizá el rollo autodestructivo de Jim Morrison, o el incomparable sonido del órgano Hammond (por fin entendí la canción de Siniestro Total), pero su música me engancha y desde cierto día en que escuché un canción de ellos en el Cycelly, siempre vuelvo para pedirla.

El sábado pasado no pudo ser menos, así que aliviado porque el Galleto aún no haya vendido el bar, entristecido recordando los tiempos en que el Rinoceronte Blanco campaba por esta sabana, alegre merced al chupito de Jack Daniels de rigor, reconfortado por la conversación que me ofrecía mi acompañante y agradecido porque Montse aceptara mi enésima petición, le dí un sorbo a mi Jameson con cola, expectante por saber si el teclado-bajo de “Break on trough (to the other side)” entraría en escena, o si el órgano de “Light my fire” sería el elegido para saciar mi apetito, para que finalmente una voz anunciara en inglés que el plato del día se llamaba “Roadhouse blues”.

"And keep your eyes on the road,
Your hands upon the wheel..."




Letra de la canción: http://www.purelyrics.com/index.php?lyrics=tiirnqqx

miércoles, 24 de septiembre de 2008

Las estaciones

Particiones fundamentadas en las variaciones del clima en un año a raíz del cambio de posición de la tierra en su giro alrededor del sol, las estaciones tienen asociadas una carga emotiva que los libera del corsé temporal que por convención las oprime. Cada uno se siente libre de marcar el principio y el final de su verano, otoño, invierno o primavera. Pero incluso hoy en día, que la gran mayoría somos marcadamente urbanitas amenazados por el cambio climatológico, nuestra vida sigue ligada a la rigurosa iteracion de la naturaleza:

Primavera: la sangre altera, estación del amor, época de celo, lo que sea. Tal vez no sea más que un reflejo condicionado de tantas veces que lo hemos oido. ¿No será la explosión de todo lo que el frío nos hace esconder? Decimos adiós a los abrigos, flirteamos con los paraguas y por fin la ropa deja asomar algo de carne en nuestros cuerpos, bueno y en los ajenos que siempre nos molan mas (narcisistas no se ofendan). La vida sale de los pubs y se asoma a la calle para quitarse el olor a tabaco de encima. Lorenzo aún no nos castiga, a veces hace fresquete, pero las cañas y las tapas que no falten. ¡Coño el cielo es azul!. Muy mal se tiene que dar la cosa...

Verano: Los optimistas y los fantasmas reinicializan el contador de roscos, porque damas y caballeros, llega la tregua inmoral por antonomasia, el consenso libertino universal: los rolletes veraniegos. Noviembre 2007: “Yo es que busco algo más serio, ya tuve mi etapa de ésto y sinceramente ya no me interesa”. Julio 2008: “Me lié con uno/a muy simpático en las vacaciones, lo mismo quedamos un finde para ver si repetimos” ¿Y lo que decíamos ayer? “Ya, ya, pero es que es verano.” Que si su playa, que si su montaña, a viajar o a casita con el aire acondicionado-ventilador viendo la tele, refritos de programas y los capítulos grabados que no vimos. ¿Los horarios? A la mierda. ¿Los jefes? Idem. Joder, que suerte tienen los profesores con tres meses de vacaciones. “¡Eh!, que no es tan bonito como parece”. Eso encima a quejarse. Jarra y ración y terracita dia sí, día también. La manada se dispersa y de pronto, la semana en blanco: hostias, todos los que conozco están de vacaciones, ¿a quien llamó? Pues si eres el/la de antes, al rollete veraniego. Y Septiembre, el 99% de la población tiene ferias en algún pueblo. Sincronicemos los relojes, ¿y el contador de roscos que se cuenta? Se cuenta que vamos a pedirnos otra copa, que la semana que viene empiezo a buscar curro.

Otoño: Idiotas marcados aún por el ritmo escolar. Después de las vacaciones, toca la vuelta al cole. ¡Jo!, otra vez levantarse para ir a clase, ¡que rollo!. Pero ¡que guay!, voy a volver a ver a mis amigos y al chico/ a la chica del pupitre de atrás, bueno o al/ a la que va conmigo a natación, inglés, bueno que a lo mejor tengo novio/novia y lo único que quiero es tontear y volver a casa para contarle que mal, que bien me ha ido el día. Ahora el agua no mola tanto como en verano, porque cae del cielo y hace frío, nos guarecemos dentro de los coches y las pajas mentales se mueven al ritmo de los limpias: ¡Joder!, cuanto tiempo llevo viviendo con mis padres, o compartiendo piso, o juntándome siempre con la misma gente hablando de cosas que no me interesan, o atado a una persona que ya no amo pero a la que tengo cariño. Y cuanta gente vive aquí por Dios, y lo que cuesta encontrar sitio para aparcar cuando vuelvo del curro. Por cierto, ¿no decía yo la semana pasada que iba a ponerme a buscar trabajo? Otro día sin ir a inglés por que llueve. ¡Huy!, creo que se está helando el cristal, voy a darle al anti-vaho.

Invierno: La vida se camufla. Todo ocurre escondido en los edificios. Los salones se hacen más pequeños. Los habitantes discuten si ver Gran Hermano o House, Factor X o el partido de la UEFA. Y algún bendito inventó Internet, la música y los libros. Los pubs se llenan de gente, las mesas de los pubs de abrigos, el olor del tabaco vuelve a impregnarnos cada poro de la piel. Volvemos de a casa tiritando de frío y diciendo: “Que a gusto se está aquí” y los días pasan lentos esperando dos cosas: algún festivo para hacer puente y que el 22 de Diciembre nos toque de una puta vez el gordo. La navidad, a mí me mola, ¿a ti no? Éste es un país libre (lo siento, mucha serie yanki en Internet). Navidad: La tregua moral, bueno la nochevieja siempre puede dar sorpresas. Compra, regala y recibe y no te olvides de meter nada en la maleta cuando vuelvas para casa. Llama o algo cuando llegues, que se dé bien mañana en el curro. Llegas, llamas, te pones a deshacer la maleta y la fecha del reloj-calendario de la mesita de noche te susurra, te sugiere, te suplica que cojas otra vez el móvil y llames a tu novio/a, al rollete veraniego, al/ a la del pupitre de atrás, y le preguntes si por casualidad no tendrá también ganas de adelantar la primavera e ir enseñando ya un poquito de carne que echar en el asador, que de alguna forma hay que curarse el frío.